Un buen día decidí seguir viviendo, una buena noche el amor amarillo me despabiló. Ahí estaba ella tan viva, tan fresca.
En un lugar tan impersonal como lo puede ser un boliche la vi por primera vez, aunque mi corazón se había puesto en guardia algún tiempo antes.
Ella fue ella en mi desde la primer mirada, una mujer simplemente hermosa. Era una de esas mujeres de las que una se enamora fácilmente. La vi, la miré, la observé y desperté. Entendí que estaba preparada para amarla al cabo de una hora de haberla conocido. Porque por los ojos adiviné la infinidad de un alma pura y bella, una ternura implacable, una perfección que callaba mi voz.
Ella fue mi destino. Tomé el timón que dirige el rumbo del mundo y lo hice girar hasta que logré voltear el suelo donde ella estaba parada y arrastrarla hasta mi.
En un lugar tan impersonal como un bar porteño sobre la calle Corrientes volvimos a vernos. Entre caricias inventamos una nueva realidad. En un lugar tan inadecuado como el baño de un bar ella me dio el beso más íntimo y necesario de todos. Lo denominó "beso de agua" y lo comprendí, estaba claro que lo era.
Miradas, palabras, voces silencios, cómo poder olvidarla? Tanta necesidad de amor nos hizo olvidar del mundo y por un momento todo se detuvo, el tiempo simplemente paró. Tantos sueños, tanto buscarla...
Mi amor amarillo desapareció tan fugazmente como me enamoró. No he vuelto a verla. Le invento destinos porque sigue tan viva en mi como entonces. Veo sus ojos en otros rostros, imagino encuentros mientras vivo la misma vida. Mientras respiro el aire que tal vez roce su piel y la espero.
