Siempre fui una persona abierta de mente y de sentimientos. Siempre me dejé llevar y guiar por mi corazón. Pero mi adolescencia no fue del todo simple y natural. A finales del milenio pasado la totalidad de mis amigas comenzaban a experimentar y descubrir el arte de amar y de manifestar ese amor con el cuerpo.
Por mi parte me caracterizaba por ser una chica sociable, pero al enfrentarme con el sexo opuesto las cosas no seguían un curso normal, sino que me chocaba con una barrera que no sabía sortear.
Si bien, desde más chica ya había comenzado a sentir cosas extrañas por compañeritas y demás, lo vivía más bien como deseos ocultos que jamás saldrían a la luz, de manera que si los silenciaba simplemente desaparecerían.
Pero para mi sorpresa, no solo que mis deseos prohibidos no desaparecían, sino que cada vez se hacían más fuertes desplazando la idea de acercarme a un hombre.
Con el paso de los años, conviviendo con esas ganas de vivir eso que quería vivir, intenté probar con los mandatos, esquemas y estereotipos "normales". Callé, sentí, intenté y dejé de soñar. Hasta que un día decidí dejar de engañarme y empezar a vivir lo que creía prohibido. Las oportunidades se presentan en el momento indicado, hablo de causalidades.
Liberé mis deseos y los hice piel. Conocí a la primer mujer en mi vida, un buen comienzo que terminó con un mal desenlace.
A los 19 años, entendí quién era y aprendí a aceptarme. Me encontré con una imagen de mi misma distinta, una mujer. Una persona infinitamente dulce, capaz de entregarse completamente, capaz de amar con el cuerpo como lo habían hecho años anteriores mis amigas.
Miré al espejo y me observé por primera vez sin ataduras, solté las cadenas que yo misma me había puesto y liberé mi corazón. Sin dudas que fue un buen comienzo.
Me enamoré de la mujer que rompería mi corazón por primera vez, sufrí horrores por amarla justamente porque ella no había podido aceptarse como ya yo lo había hecho. Sufrí por inexperta, sufrí porque pude sentirlo.
